Yo me considero una persona buena, con un buen corazón. Trato de ayudar a todos por igual por que me gusta y por que quiero llegar al cielo, si es que hay tal cosa. Yo vivo en una urbanización del municipio de Guaynabo. Urbanización vieja de cuando vivir en Guaynabo era vivir en el campo.
Tengo vecinos particulares. Don Platurco, nombre ficticio, es una gran persona y al cual puedo considerar como una figura paterna. Tengo un vecino es como un hermano de otra madre, Casildo, tan bien nombre ficticio, el cual comparto paternidad a con uno de mis perros.
El cuento de hoy es sobre Diosdado, nombre ficticio otra vez, el cual he ayudado en varias ocasiones, ayudas pequeñas y grandes. Pues bien, Diosdado después del hurancan María tuvo sus necesidades y se le dio la mano. El asunto es que dos dias después del fenómeno Diosdado va a mi casa lleno furia por que encontró un mojon de perro en su pedacito de patio. El va asumiendo que fue una de mis perras, pero obviamente no tiene la certeza. Yo sin problemas voy a recogerlo para complacer Diosdado, más sin embargo el me grita “que sea la última vez que una de mis perras cagan en el patio. Si lo hacen voy a matar a tus perras”. ¡Wow! Y eso que somos civilizados. Somos vecinos que no hemos dado la mano. Bueno, pensé, vamos a darle un fuck it al asunto y olvidarme. Me ocupo que mis perras no pisen su patio.
El día de ayer veo que el carro de Diosdado tiene una goma vacía, debido a que tiene un aro dañado. Yo me acerco y le ofrezco mi ayuda. Nunca en mi vida me habían ignorado tan claramente. Diosdado me viro la cara y simplemente me ignoro. ¿Porque? ¿Sentimiento de culpa? Yo no le hice nada. El fue quien me amenazó con matarme las perras. Siento pena con el viejo, pero también espero con ansias locas el día que necesite ayuda y el único que pueda ayudar sea yo. Karma no falla, lo único que tengo que hacer es sentarme a esperar.
